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Los sordos han sido considerados históricamente personas
discapacitadas, creyendo que su dificultad para oír les imposibilita
o dificulta la comunicación. Esta definición simplista y
arraigada en nuestra sociedad, ha dado como resultado una población
de sordos excluidos y en grave riesgo social.
Las concepciones incorrectas sobre la sordera, tanto en las políticas
educativas como en las de la salud, se concentran en “reparar el
daño” o “curar la enfermedad” sin tener en cuenta
que la falta de audición no afecta ni el intelecto ni la posibilidad
de comunicarse.
Por lo tanto, el puente de comunicación, de intercambio y de acceso
al conocimiento es, por naturaleza, su visión. Al no escuchar,
los sordos han desarrollado sistemas lingüísticos visuales
que, como todas las lenguas, transmiten cultura, valores, formas de actuar,
e información. A través de esta lengua visual pueden interactuar
del mismo modo que lo hacen el resto de las personas, y sin pasar por
tediosas rehabilitaciones, aislamiento y reeducación.
Esta lengua, la lengua de señas argentina (LSA), es transmitida
dentro de comunidad sorda a través de las generaciones y posee
todas las propiedades lingüísticas del lenguaje humano, siendo
la forma más eficaz de interacción y educación para
los sordos.
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